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DE VIEJA DATA

A los dos amigos…

En aquella ocasión el doctor B. anciano de unos setenta y tantos años y pensionado hace otros cuantos, salió de su casa a tempranas horas de la mañana rumbo a cualquier parte. Sólo llevaba consigo una sonrisa en el rostro -producto de una tranquilidad ganada con la resignación y los años- y las manos, como de costumbre, en los bolsillos del pantalón. Ya no era el joven rubicundocolorado de otrora, tampoco el tipo memorioso que declamaba poemas al pie de la letra; tan solo era el cara pálida, el viejo enjuto que siempre llevaba la vista en el piso, como tratando de recuperar algún recuerdo, o por lo menos, toparse con un pensamiento claro y agradable. De sus cavilaciones lograría un pensamiento mucho muy llamativo: descubrió que para los ancianos la muerte llega desde el piso. Cuando uno crece todo se torna diferente, pensó B. Se cree estar por encima de todas las cosas y sin embargo regresamos a la misma dimensión de los objetos; es cuando adoptamos una posición horizontal para luego descansar unos metros más abajo y entonces, convertirnos en un simple recuerdo.

Celebró con alegría la ocurrencia de su pensamiento al mismo tiempo que las lágrimas surcaban su rostro; era demasiado débil para controlar sus sentimientos. Y después de tantos años reaparecía en su memoria la imagen de la abuela, madre de su madre, como una mujer que siempre fue anciana y cargando en las espaldas una joroba hereditaria y de tantos años como ella. La abuela se desplazaba con pasos cortos e inseguros como lo haría su hija, y ahora también su nieto B. intentando conservar el equilibrio, intentando alejarse de esa terrible horizontalidad del suelo. Pero esa curvatura en la espalda de B. era cada día más prominente y lo proyectaba hacia la superficie, donde su sentido del olfato percibía con mayor intensidad el llamado de la tierra.

El pensamiento de B. habría alcanzado un matiz espeluznante de no ser por alguien que tocó su hombro y lo hizo olvidar de sus preocupaciones. Era A. quien había corrido para no perder de nuevo a su querido amigo. A. creyó que moriría antes de alcanzar a su veloz camarada, pues le dolía el corazón por causa de tan grandioso esfuerzo, pero más le dolía reconocer que a su edad hasta un simple saludo podría arrebatarle la vida. Una vez en calma A. se aferró con fuerza del brazo de su amigo y así caminaron juntos. Y con la costumbre de ir leyendo los titulares de los periódicos que encontraban en los kioscos de cada esquina, recibieron victoriosos la noticia de haber superado el promedio de vida, pero una joven de grandes senos que se contoneaba con despiadada hermosura los trajo de nuevo a la realidad. Los ancianos contemplaron la hermosa joven como quien observa con cierta congoja las nubes rosadas de un atardecer queriendo difuminarse en aquella inmensidad, o como quien recuerda momentos placenteros ya muy distantes, ya muy lejanos e imposibles.

Entonces se miraron fijamente uno al otro observando en sus rostros el paso del tiempo y sonrieron de nuevo.

¡Que buenos amigos somos! Pensó B.

Es cierto, pensó A. como si lo hubiese escuchado. Ya no tenemos que hablar para comprendernos.

Y siguieron de nuevo su camino.

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